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viernes, 19 de agosto de 2022

El Bodyhopper del Hospicio (Homenaje a Kary) (Historia en 10 captions)

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Entre las imágenes borrosas de mi infancia está “La Casa del Dolor” Mientras escribo estas líneas me esfuerzo en recordarla, pero el horror oscurece mi memoria.

Aunque la llamábamos “casa” se trataba de un hospicio para niños abandonados. Bueno, en realidad tampoco era un hospicio, se trataba de un negocio salvaje y deshumanizado donde algunos millonarios pagaban indecentes cantidades de dinero para conseguir todo aquello que sus bajos instintos deseaban.

Tengo que aclarar que el trato en el hospicio era inmejorable, a los niños nos cuidaban con esmero y no existía lujo que nos faltara. De lo único que carecíamos era de cariño y de empatía. Cualquier cosa que deseáramos nos la daban para que estuviéramos callados y no intentáramos escapar de nuestro encierro.

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El negocio era simple, determinados caballeros de la élite de Guanajuato, León y Celaya pagaban enormes cantidades de dinero para cambiar de cuerpo con uno de los niños del hospicio durante 24 horas. Y durante un día entero podían hacer lo que desearan con su nuevo cuerpo.

La mayoría se dedicaba a actividades “variadas”. Algunos viejos sólo querían vestirse como niñas e ir a jugar al parque. Otros practicaban el sexo con adultos. Y había unos pocos que buscaban el disfrute insano en orgías, con bestialismo e incluso con sado-maso.

No existían límites mientras se pagara la cuota adecuada y se devolviera el cuerpo con vida.

Para los niños todo era relativamente soportable hasta que llegó el señor Chávez. Un tipo paticorto, ligeramente jorobado y de edad incalculable por las múltiples cicatrices que cruzaban su cara. Lo llamaban el haitiano y al parecer disponía de una cantidad ilimitada de dinero para gastar en alquilar cuerpos de niñas. 

. Podía pagar lo suficiente para escoger una niña diferente cada noche hasta que llegara el fin de su asquerosa vida. Pero no lo hizo, porque sólo se fijó en una. En una niñita pelirroja a la que llamábamos Kary, pero que en realidad se llamaba Karina Ferrari.

El primer día se encerró con ella en la sala de huéspedes. Tras la puerta se escuchaban los lamentos y los gritos de dolor de Kary y el silbar de algo que sonaba como un látigo o un cinturón de cuero. El “haitiano” gritaba “Di que me dejas entrar en tu casa o te mataré a palos” y golpeaba a Kary con la correa. Pero Karina no decía nada, tan sólo se quedaba callada soportando el dolor.

Así permanecieron durante hasta que se cumplió el plazo de un día completo. Se abrió la puerta y vimos salir a el haitiano sin chaqueta, ni corbata, visiblemente excitado y con la respiración entrecortada. 
 

 Se dirigió a la directora del hospicio y poniéndole un gran fajo de billetes en la mano le dijo:” Quiero que curéis a Kary y que no le falte de nada para que esté completamente recuperada la semana que viene cuando yo vuelva” A Karina la ingresaron en el ambulatorio del hospicio donde tuvo varias enfermeras a su cuidado. Allí iba yo a visitarla porque era mi amiga y porque nunca le faltaban las chocolatinas que compartía conmigo.

A Kary le pregunté que hizo ese tipejo cuando estuvo en su cuerpo. Me contestó que nunca llegó a estar, simplemente se limitaba a golpearla y a pedirle que le diera permiso para usar su cuerpo. 


Kary me respondió que el haitiano era como los vampiros que necesitan permiso para entrar a una casa. Me explico que en el momento en que se lo diera el alma del señor Chávez invadiría su cuerpecito y se lo quedaría para siempre. Por eso ella había aguantado todos los golpes sin darle permiso para entrar. Kary se reía mientras me explicaba eso y me enseñó varios dientes en su boca que temblaban por algún puñetazo. “No me puede mutilar o cuando consiga mi cuerpo estará también mutilado, sólo puede golpearme y yo aguanto mucho el dolor” me dijo Karina entre risas.

Cómo había prometido el haitiano volvió a la semana siguiente. La jefa del hospicio estuvo muy atenta con él y le ofreció unos bollitos con té para que se recuperara del viaje. Cuando terminó de comer se encerró de nuevo en la sala de huéspedes con Kary.  

Esta vez los gritos eran mayores y pude escuchar como ese tipo lanzaba el cuerpo de Kary contra la pared.

Temblaban los muros y temblaba la voz de Kary cuando respondía “Jamás daré permiso a tu alma para que habite mi cuerpo” Cada vez que Kary decía eso se redoblaban los golpes y las grandes voces del haitiano: “Dame permiso para entrar a tu cuerpo, dame permiso o te romperé todos los huesos”

De nuevo Kary aguantó un día completo de castigo sin acceder a la petición del señor Chávez, y de nuevo este le entregó una gran cantidad de dinero a la jefa del hospicio para que curaran las heridas de Karina y cuidaran su cuerpo como si fuera su propia hija, yo pensé que tal vez lo fuera.



De nuevo volvió el haitiano a la semana siguiente a encerrarse con Karina y a torturarla. Y de nuevo no consiguió nada, pero esta vez Kary no sonreía cuando la visité en el ambulatorio. Tenía los ojos morados y la cara hinchada. Con la voz temblorosa me dijo que se le estaban acabando las fuerzas, que no podía resistir más. Y tartamudeando me confesó que había intentado suicidarse dos veces, pero las enfermeras la vigilaban y no le permitían salir de la habitación, incluso la ataron a la cama para que no pudiera escaparse.

A pesar de su desánimo Kary aguantó las palizas de la tercera y la cuarta semana. Yo escuchaba horrorizada desde detrás de la pared como la golpeaba una y otra vez mientras gritaba que le diera permiso para habitar a su cuerpo y Karina permanecía callada.

Después de la última sesión Karina no paraba de llorar y por primera vez la vi temblar cuando me dijo que había llegado al límite de su capacidad de aguantar el dolor y que a la próxima visita del señor Chávez iba a dar permiso para que se quedara con su cuerpo.

Esa noche dormí abrazada a Karina, le daba besos en el cuello e intentaba consolarla, pero Kary no paraba de llorar.

Cuando regresó el haitiano iba cargado con alicates, martillos y tijeras. Juró que iba a conseguir su objetivo, aunque tuviera que cortar en cachitos a Kary y buscar otro cuerpo para vivir.

No se necesitó tanto. Yo apoyé mi oído contra la puerta cerrada de la habitación de huéspedes y horrorizada escuché al señor Chávez amenazando a Kary mientras golpeaba con el martillo la cama en la que estaba atada mi amiga Karina.


De nuevo sonó tronante la voz del haitiano: “Dame permiso para usar tu cuerpo” gritó una vez más. Y por fin se terminó la resistencia de Karina: “Adelante, puedes usar mi cuerpo como si fuera el tuyo propio”

En ese momento el tiempo se paró, no se escuchó nada detrás de la puerta y miré a las enfermeras que estaban quietas como si las hubiera congelado el horror. Incluso noté que mi corazón se paraba. Después una gran luz cruzó los bajos de la puerta iluminando la habitación en la que yo estaba. Poco a poco se fue apagando la luminosidad y un miedo atroz me invadió haciéndome retroceder varios pasos.

La puerta se abrió, pero esta vez no salió el haitiano, salió Karina Ferrari vestida con la ropa del señor Chávez.

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. Iba sonriendo satisfecha y me dedicó un guiño cuando pasó a mi lado y salió a la calle. Esta vez no le dio dinero a la jefa del hospicio.

Sin comprender por completo lo que había pasado entré a la habitación de invitados y allí encontré el cuerpo del haitiano desnudo y llorando en un rincón. Sin llegar a mirarme a la cara me dijo: “Escúchame Carmencita, me lo ha quitado, me ha robado todo”

Fue la última vez que vi al señor Chávez, la policía se lo llevó acusado de sodomía, pederastia y otra multitud de delitos. Me prometieron que estaría en la cárcel el resto de su vida.

2 comentarios:

  1. Al leer la historia no pude evitar imaginar la voz dél haitiano execelente historia como siempre 😉

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    1. Gracias Oswaldo. No te miento si te digo que yo también lo escuchaba mientras escribía la historia

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